viernes, 22 de agosto de 2014

La ladrona de libros, de Markus Zusak



Ayer mismo me acabé este libro que tuvo a bien prestarme mi hermana. Lo cierto es que no tenía mucho interés en echarle un vistazo una vez leída la contraportada, pero me insistió tanto que al final acepté leerlo más con ganas de quitármelo de encima que con verdadera curiosidad. Craso error. A pesar de que al principio puede parecer “otro libro más sobre el holocausto”, hay varios factores que lo hacen una novela original y diferente al resto de historias de este palo.

Para empezar, el estilo narrativo es, como poco, extraño. Al principio descoloca un poco, pero una vez te acostumbras a los continuos flash-forwards (saltos hacia delante en el tiempo) y a las intermitentes interrupciones e incisos del narrador todo va como la seda. Es uno de esos libros que te lees en un par de días. El estilo es sencillo, rápido y directo, un poco cínico y mordaz en ocasiones pero con una sensibilidad poética curiosa, lo cual no es extraño teniendo en cuenta quién es el narrador (que no desvelaré porque es una sorpresa nada más abrir el libro). La novela se divide en 10 partes, -con alguna incursión en el campo de la metaliteratura muy interesante-, un prólogo y un epílogo.

La historia se centra en una niña alemana, llamada Lisa Meminger, y su vida en la ciudad de Molching. Conocemos así a su familia de acogida, a sus amigos y a todos los habitantes de Himmelstrasse y alrededores. Lo encantador de este libro son, sin duda, sus personajes. Tendemos a pensar en la 2ª Guerra Mundial como en una guerra de novela de fantasía, con un señor oscuro contra el que los buenos y los justos se alzaron; pero no caemos muchas veces en las buenas gentes de Alemania que, bien por ignorancia o por justicia, no tuvieron culpa alguna de las barbaridades y atrocidades provocadas contra los judíos. En este libro, nos encontramos con Hans y Rosa Hubbermann, dos de los personajes más bellos sobre los que he tenido el placer de leer, un matrimonio que no sólo acoge en su casa a una niña hija de comunistas, sino que esconde un judío en su sótano, dos seres humanos tiernos, compasivos y amables (a pesar de la primera impresión causada por Rosa); nos encontramos con Liesel y Rudy y sus pequeñas victorias y derrotas, sus ilusiones infantiles y su madurez en el transcurso de la guerra; con frau Holtzapfel e Ilsa Herrmann, con Tommy Müller y Max. Un conjunto de personajes a los que vamos conociendo a través de los ojos del narrador y de lo que éste sabe por Liesel.

Es una historia ésta, además, sobre el poder de las palabras, sobre cómo éstas pueden modelar a las personas a su antojo, sobre cómo pueden crear y destruir, alegrar y entristecer, emocionar o dejarte apático para siempre. Hitler se valió de las palabras para alzarse con el poder, Max se valió de ellas para contarle su historia a Liesel, y los libros le descubrieron a ella un mundo con el que no soñaba y le proporcionaron un entendimiento desconocido para ella hasta entonces. Es una declaración de amor de Zusack -el autor- hacia la lectura y la escritura y una ojeada al punto de vista alemán que no tenemos la oportunidad de disfrutar muchas veces.

Por poner pegas, por supuesto que el final es muy manipulador, resulta poco realista y artificialmente trágico, un recurso innecesario del autor para emocionar y hacer que el lector llore a moco tendido con el final. El caso es que consigue justamente el efecto contrario, ya que se percibe como muy abrupto y poco natural. A pesar de ello, sigue siendo una lectura bastante recomendable y un contrapunto a lo que estamos acostumbrados en este tipo de relatos.

Aún tengo reseñas de libros pendientes, veremos si me da tiempo a hacerlas antes de enfrascarme en algún otro asunto que me lo impida. Nos leemos. 

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