Ayer mismo me acabé este libro que
tuvo a bien prestarme mi hermana. Lo cierto es que no tenía mucho
interés en echarle un vistazo una vez leída la contraportada, pero
me insistió tanto que al final acepté leerlo más con ganas de
quitármelo de encima que con verdadera curiosidad. Craso error. A
pesar de que al principio puede parecer “otro libro más sobre el
holocausto”, hay varios factores que lo hacen una novela original y
diferente al resto de historias de este palo.
Para empezar, el estilo narrativo es,
como poco, extraño. Al principio descoloca un poco, pero una vez te
acostumbras a los continuos flash-forwards (saltos hacia delante en
el tiempo) y a las intermitentes interrupciones e incisos del
narrador todo va como la seda. Es uno de esos libros que te lees en
un par de días. El estilo es sencillo, rápido y directo, un poco
cínico y mordaz en ocasiones pero con una sensibilidad poética
curiosa, lo cual no es extraño teniendo en cuenta quién es el
narrador (que no desvelaré porque es una sorpresa nada más abrir el
libro). La novela se divide en 10 partes, -con alguna incursión en
el campo de la metaliteratura muy interesante-, un prólogo y un
epílogo.
La historia se centra en una niña
alemana, llamada Lisa Meminger, y su vida en la ciudad de Molching.
Conocemos así a su familia de acogida, a sus amigos y a todos los
habitantes de Himmelstrasse y alrededores. Lo encantador de este
libro son, sin duda, sus personajes. Tendemos a pensar en la 2ª
Guerra Mundial como en una guerra de novela de fantasía, con un
señor oscuro contra el que los buenos y los justos se alzaron; pero
no caemos muchas veces en las buenas gentes de Alemania que, bien por
ignorancia o por justicia, no tuvieron culpa alguna de las
barbaridades y atrocidades provocadas contra los judíos. En este
libro, nos encontramos con Hans y Rosa Hubbermann, dos de los
personajes más bellos sobre los que he tenido el placer de leer, un
matrimonio que no sólo acoge en su casa a una niña hija de
comunistas, sino que esconde un judío en su sótano, dos seres
humanos tiernos, compasivos y amables (a pesar de la primera
impresión causada por Rosa); nos encontramos con Liesel y Rudy y sus
pequeñas victorias y derrotas, sus ilusiones infantiles y su madurez
en el transcurso de la guerra; con frau Holtzapfel e Ilsa Herrmann,
con Tommy Müller y Max. Un conjunto de personajes a los que vamos
conociendo a través de los ojos del narrador y de lo que éste sabe
por Liesel.
Es una historia ésta, además, sobre
el poder de las palabras, sobre cómo éstas pueden modelar a las
personas a su antojo, sobre cómo pueden crear y destruir, alegrar y
entristecer, emocionar o dejarte apático para siempre. Hitler se
valió de las palabras para alzarse con el poder, Max se valió de
ellas para contarle su historia a Liesel, y los libros le
descubrieron a ella un mundo con el que no soñaba y le
proporcionaron un entendimiento desconocido para ella hasta entonces.
Es una declaración de amor de Zusack -el autor- hacia la lectura y
la escritura y una ojeada al punto de vista alemán que no tenemos la
oportunidad de disfrutar muchas veces.
Por poner pegas, por supuesto que el
final es muy manipulador, resulta poco realista y artificialmente
trágico, un recurso innecesario del autor para emocionar y hacer que
el lector llore a moco tendido con el final. El caso es que consigue
justamente el efecto contrario, ya que se percibe como muy abrupto y
poco natural. A pesar de ello, sigue siendo una lectura bastante
recomendable y un contrapunto a lo que estamos acostumbrados en este
tipo de relatos.
Aún tengo reseñas de libros
pendientes, veremos si me da tiempo a hacerlas antes de enfrascarme
en algún otro asunto que me lo impida. Nos leemos.

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