Me he lanzado a escribir
esta pequeña y, seguro, superficial y mejorable, reflexión porque sigo perpleja
ante las reacciones tan violentas, decepcionadas y, qué queréis que os diga,
risibles del espectador medio ante el último capítulo emitido de Game of
Thrones (, el penúltimo, 8x03, The Bells). Por supuesto, esta entrada es una
mina de spoilers de los libros de la saga A Song of Ice and Fire y de la serie.
Si no vais al día, corred, insensatos.
No es mi intención ofender
a nadie al decir que el revuelo que se ha montado me parece ridículo pero tengo
que admitir que, realmente, me hace muchísima gracia que muchos se rasguen las
vestiduras, hablen de que les han arruinado ocho años de su vida con este final
o pidan que se vuelva a rodar la temporada 8 entera simplemente porque… Bueno,
porque en la serie no ocurre lo que ellos quieren que pase. Porque la película
que se habían montado en su cabeza no coincide con la de los showrunners.
Porque el personaje que más les gustaba, con el que se identificaban y cuya
historia les había enganchado durante años no ha resultado ser el estereotipo
que deseaban que fuera.
Yo creo que es un
movimiento valiente lo que han hecho con Daenerys. Historias de reyes elegidos
por una profecía que vuelven del exilio para recuperar su trono y devolver a su
reino el esplendor perdido ya hay para aburrir (hola, Aragorn, ¿todo bien por
Gondor?). Canción de Hielo y Fuego siempre ha sido otra cosa. Martin ha hecho
mucho hincapié en que la saga tendría un final agridulce y hay pistas sobre el
futuro de Dany por toda la saga y por toda la serie, si se quieren ver. Daenerys
nunca fue de mis personajes favoritos, quizás eso me ayudó a verlo venir, pero
su giro hacia la locura no es inconsistente con el personaje, no es
incoherente, es más, es predecible. Los delirios de grandeza del personaje, su
inestabilidad, sus ansias de venganza y su incesante necesidad de ser amada o,
en ausencia de esto, temida siempre han estado ahí, impregnando todas sus
tramas, su punto de vista y su línea argumental. Otra cosa es que sea un
personaje con el que sea fácil identificarse e involucrarse personalmente, que
lo es. No es accidental, Martin la ideó así, profundamente Targaryen,
grandiosa, admirable pero con un lado retorcido, oscuro, que podía
descontrolarse y tomar protagonismo. El lema de los Targaryen, del que Dany se
siente orgullosa y que enarbola constantemente, es Fuego y Sangre. Fuego y Sangre,
colegas. Tiene la misma sutileza que un martillo neumático. Desde el principio,
se siente atraída por la figura de Aegon el Conquistador, no de Jaehaerys el
Conciliador. De Aegon, del Targaryen que llegó a Poniente de un país extranjero
a lomos de un dragón negro forzando a los nobles de los 7 Reinos a elegir entre
convertirse en sus vasallos o en carne a la parrilla. Daenerys habla de sí
misma como del dragón, tal como lo hacía su hermano Viserys –y con ése no hay
dudas sobre su locura- y, concretamente, lo hace comparándose con su hermano,
del que dice que no era un verdadero dragón, ella lo es. No es figurativo. Ella
cree a pies juntillas que su destino es conquistar Poniente y sentar su culo
Targaryen en el Trono de Hierro. No lo hace por caridad, ni porque Cersei sea
una reina cruel, sino porque es su derecho por herencia, le pertenece por su
abolengo rancio, su pelo platino y sus ojos violetas. Por ser Targaryen, sin
más. Dany dice a menudo, tanto en los libros como en la serie, que volverá a
Poniente para tomar lo que es suyo, a fuego y sangre. Y cuando hace exactamente
eso, todo el mundo se lleva las manos a la cabeza y dice que han destrozado la
coherencia del personaje. A ver, yo no soy muy lista, pero creo que venía
avisando hace tiempo que se le podía ir de las manos el tema. Asimismo,
especialmente en los libros, se nos muestra que Daenerys es una buena
conquistadora, se le da genial arramplar con los dragones y tomar ciudades;
pero es una terrible gobernante, que ve enemigos por doquier, que se impacienta
en cuanto las cosas se salen de su plan establecido, que no acepta más visiones
que la suya propia, que castiga a quienes no comparten su visión de sí misma
como la gran salvadora y libertadora de Essos. Daenerys cree que todo el mundo
ha de estarle agradecida, y es cierto que sus intenciones siempre son buenas,
pero su manera de ejecutarlas no lo es. Padece, muy a propósito, el complejo
del conquistador: “¿cómo puedes no adorarme si te he traído libertad, si he
civilizado la ciudad?” sin pararse a pensar en cómo afecta esa nueva situación
a los eslabones más débiles de la sociedad, de los que, como siempre, los más
ricos y poderosos sacan partido. Uno de los ejemplos más claros, aparte del
conflicto con las arenas de combate de Meereen, se ve con Mirri Maz Duur. Para
Dany, Mirri debería estarle agradecida por salvarle la vida y evitar que la
violen. No contempla en ningún momento que Mirri pueda odiarla porque su
khalassar ha destruido su ciudad, asesinado a su familia y destrozado todo su
mundo y que planee vengarse. En la serie tenemos más ejemplos, durante la
anterior temporada todas sus líneas de diálogo pasaron a ser “Bend the knee”.
Su única misión en la vida es ser la reina, recuperar el poder que le han
arrebatado a su familia, y si no doblas la rodilla y te pliegas a sus designios
prepárate, que va a haber barbacoa. Precisamente por eso, Daenerys Targaryen es
un personaje tan rico y tan complejo, no es el estereotipo de la reina
prometida, es un personaje con muchos defectos, muy gris, como todos los de
Martin, absolutamente imperfecto. Y eso, entre otras cosas, es lo innovador, lo
destacable, lo subversivo y lo meritorio de Canción de Hielo y Fuego.
La serie, claro, adolece
de muchas cosas desde que no hay libros que seguir. Pero no es nuevo, ni tiene
nada que ver con esta oleada de odio repentino. Han faltado capítulos, ha ido
todo muy rápido, pero la idea es buena. Y la ejecución es correcta. Nos hemos
tragado la imagen de la reina perfecta, libertadora de esclavos, rompedora de
cadena, a pesar de todas las pistas. Porque mola. Porque nos encanta que la
joven, bella y valiente Daenerys vuele en dragón y sea aclamada por esclavos
que la llaman, ojo, “madre”. Si eso no es paternalismo imperialista, baje R’hllor
y lo vea. Y nos horroriza descubrir que no es tan buena, ni tan admirable como
pensábamos. Y creo que ése es el objetivo de los guionistas, y ojalá veamos
pronto, si también de Martin con el personaje.
En cuanto al trigger de
la locura, Daenerys es un personaje dañado. Ha sido vendida, violada, ha vagado
como una mendiga, ha perdido a toda la gente que amaba y a dos de sus hijos, y
encima ve amenazadas sus aspiraciones al trono, que es su motor y su objetivo,
por un tío que resulta que ahora, de buenas a primeras, tiene más legitimidad
que ella y al que la gente prefiere como rey. Como para que no se te vaya la
pinza en algún momento teniendo en cuenta sus antecedentes. Creo que en los
libros esta amenaza, más que por Jon, puede darse también por parte del Aegon
Targaryen (aka Griff el Joven) de A Dance with Dragons –que curiosamente es el
nombre nuevo que le han puesto a Snow-, y que para llegar a este punto la trama
se desarrollará de otra manera, sólo Martin lo sabe.
Hablando de Jon, es
curioso cómo ha habido también muchas críticas porque Jon no pinta nada, no
mata al Rey de la Noche, sólo está ahí para mirar al horizonte con cara de
pánfilo y llamar “my queen” a Daenerys. Y es que Jon también ha sido así
siempre. Ha unido al Norte, era el elegido en el Norte, the King in the North,
pero en el Sur no es nadie. Ha estado aislado en el Muro, curiosamente igual
que Dany en Essos, no ha vivido el politiqueo del continente, no sabe
desenvolverse en el nido de víboras que es una corte, no sabe ni por dónde le
viene el aire. La última vez que tuvo que verse en una de ésas en el Muro como
Lord Comandante, acabó más agujereado que un colador. A mí realmente me parece muy
coherente con el personaje.
Así que, resumiendo, sí,
entiendo las críticas que arguyen que la serie lo ha contado mal, muy por
encima, sin indagar, muy rápidamente; pero no las críticas por la falta de
coherencia con los personajes. Puede gustarte o no gustarte su desarrollo, pero
no es nada incoherente. Y ya está, ésa es la noticia. No prometo escribir más
de seguido, ni una entrada a la semana ni nada de eso, porque me conozco muy
bien y sé que se quedará en agua de borrajas. Hasta otra… Quizás.





