viernes, 5 de septiembre de 2014

El abuelo que saltó por la ventana y se largó, de Jonas Jonasson

Lo confieso, no me gusta mucho lo poquito que he leido de literatura sueca, y no es que estas novelas tengan malos argumentos, ni malos personajes, ni estén mal escritas, ni mucho menos; es simplemente que el estilo tan directo al grano, tan parco y desnudo, tan meticuloso en detalles técnicos y tan sencillo en la descripción de la psicología de los diversos personajes -y que parece ser una constante de los autores suecos a los que he tenido el gusto de leer-, no me termina de llegar, ni de emocionar, ni de interesar. Esta novela llegó a mis manos gracias a mi madre, que la recibió como regalo de cumpleaños. Estamos ante una novela irónica y humorística, un tanto absurda y burlesca, y crítica, muy crítica con todos los regímenes políticos existentes en el siglo XX, especialmente con el comunismo y Stalin -que imagino que al autor y a los suecos les toca por cercanía geográfica-. A algunos les parecera que Jonasson hace gala de un sentido del humor exquisito, a mí me sobrepasó un poco, la buena suerte de los protagonista me resultó excesiva y hube de suspender la incredulidad en algunos puntos. Que juegues como autor con el humor absurdo no significa que no haya reglas, y me imagino que el maestro Pratchett debería ser un ejemplo para todos en eso, hay reglas que no se conforman con nuestros estándares, reglas absurdas en nuestro mundo pero no en el suyo. Esta novela se desarrolla en Suecia, en la Suecia que conocemos, pero el autor recurre a deus ex machina continuamente para hacer avanzar la historia. Da igual en los líos que se meta el protagonista, aunque parezca que no hay salida, siempre sale de ello airoso, lo que se vuelve predecible e incluso molesto para el lector.

La novela cuenta la historia de Allan Karlsson, un anciano internado en una residencia que acaba de cumplir cien años. Lejos de disfrutar con la celebración de su cumpleaños, Allan decide saltar por la ventana de su habitación y esfumarse de allí. Se dirige a la estación de autobuses donde un joven muy maleducado y desagradable le deja a cargo de su maleta mientras va al baño y Allan, ni corto ni perezoso, se sube al autobús con una maleta repleta de millones de coronas suecas de origen poco claro. Éste es el punto de partida de la historia de un abuelo nada convencial, como iremos descubriendo gracias a los flashbacks intercalados en la acción presente. Allan nos presenta así la historia del siglo XX y se codea con personajes de toda índole: de Franco a Mao, de Roosevelt a Stalin, de Oppenheimer a Erlander. Gracias a su positivismo y sentido del humor veremos como sus correrias y ocurrencias le conducen nada menos que al lugar menos emocionante del mundo, una residencia de ancianos.

Los personajes son esbozos, salvo Allan que para eso es el protagonista principal, al que se le llega a tomar cariño a pesar de ser un vejete resabiado y algo cargante. Claro que, quién no lo sería habiendo tenido una vida y unas experiencias como las suyas. Ninguno de los demás me ha llamado especialmente la atención, con la notable excepción de Benny, el eterno estudiante, y Gunilla, la Bella Dama más malhablada de la historia de la literatura. Dos personajes éstos fantásticos y enternecedores, así como la pareja de adorables bobalicones formada por la  indonesia "Amanda" y Herbert Einstein.

Sobre el estilo ya hemos hablado, muy sueco si podemos llamarlo así. Escaso en metáforas y embellecimiento literario, muy detallista con cosas que no intersan al lector en principio -como el nombre del supermercado en el que compra Allan-, extremadamente directo y descarnado y sorprendentemente poco emocional, valga como ejemplo que se habla de muertes y vidas como simples hechos fisiológicos- que es lo que son, claro, pero no es así como se sienten-.

Si os gusta la literatura sueca y estáis hartos de novela negra de intriga a lo Läckberg o a lo Larsson quizás sea vuestro libro. Abrid la mente y dejaos llevar, es la mejor manera de disfrutarlo. ¡Nos leemos!

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