La cosa se ha saldado con un empate. Tratándose de un producto tan comercial, famoso y extendido, estaba claro que al señor Peter Jackson le iba a dar lo mismo ocho que ochenta en lo que respecta a los seguidores de la novela. No necesita contar con nosotros, dada la cantidad de gente que va al cine a ver sus películas sin haber leido el libro, como ya ocurrió con El señor de los anillos. Teniendo esta trilogía como antecedente, no esperaba una extrama fidelidad y respeto por la obra original de parte de Jackson, ya que no lo había demostrado previamente, pero un tenue rayo de esperanza en cuanto a estas exigencias se vio avivado por la muy decente adaptación de la primera parte de la historia -El Hobbit: Un viaje inesperado-. Sin embargo más me hubiera valido no esperar nada, toda esa supuesta fidelidad la ha echado a perder y tirado a la basura.
Vamos por partes. Peter, ¿para qué sacas a Beorn como personaje de relleno? Sácalo o no lo saques, pero no andes con medias tintas. Bardo. Demasiado Bardo. Un personaje que tiene un papel mucho menos significativo que Beorn pero que ve incrementada su relevancia por obra y gracia de Peter Jackson y su decisión tremendamente parcial sobre los personajes que le caen bien (aún recordamos todos la vilipendiada participación de Faramir en la trilogía para dar más cancha a Aragorn). Y llegamos al meollo del asunto: los elfos. Los elfos que no pintan apenas nada pero ahí están, acaparando medio metraje de la película con sus poses molonas, sus lentillas aberrantes y su triángulo amoroso interracial sacado totalmente de la manga. Vamos a ver, Jackson, ¿no ves que le restas toda la importancia y el valor a la amistad (primera amistad) surgida entre un enano y un elfo, entre Gimli y Legolas? ¿A qué viene lo de inventarte una elfa guerrera molona -cosa que ya intentó con Arwen y tuvo que claudicar porque él mismo vio que no salía bien- y liarla con un enano? Es absurdo, y si Tolkien lo llega a ver le da una embolia de pecho, no por el tema de la interracialidad (que ya trata con los anteriormente mencionados Legolas y Gimli), sino porque no es el momento, ni el lugar, ni concuerda con la evolución de Legolas. Dicho esto, y una vez que mis entrañas de fan se han revuelto, han ardido y exigido la cabeza de Peter Jackson servida en bandeja de plata, he de admitir que como película de aventuras a la vieja usanza funciona.
Sí, funciona, a pesar de todo lo dicho anteriormente, y te deja con ganas de ver la siguiente, te mantiene pegada al asiento y es increible lo bien que es capaz de venderte Jackson su producto. Smaug es impresionante y Cumberbatch se sale, las escenas de acción están deliciosamente bien rodadas, los efectos especiales son espectaculares aunque yo sigo echando de menos ese encanto cutre de los disfraces de monstruos en lugar de tantos efectos digitales por los que los han sustituido, Martin Freeman es el mejor Bilbo que podíamos desear y en general, el elenco está bien escogido y cumple con su función condenadamente bien. Por eso me da aún más pena que Jackson se empeñe en inventarse historietas, porque no puedo dejar de imaginarme lo increible que hubiera sido poder tener una adapación de (no una película ligeramente basada en) El hobbit. Además, se hace muy difícil no pensar que un resultado tan irregular podría haber sido ampliamente mejorable si tan sólo se hubiera rodado una película, que es lo que precisaba un cuento de apenas 300 páginas; parece que una vez más Don Dinero ha inclinado la balanza a su favor frente a la calidad que los espectadores demandábamos. Mi niña interior hubiera dado saltos de alegria, en lugar de únicamente esbozar una sonrisilla pensando en lo que pudiera haber sido y no fue.

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