
Este verano tuve la oportunidad de leer esta novela, entre otras muchas. Fue un regalo que le hice a mi madre por su cumpleaños, ya que es una enamorada de la novela histórica, pero en cuanto ella acabó pasó directamente a mis manos. Yo no soy muy partidaria de la novela histórica, en general, y no es que no me guste la historia -me apasiona-, pero muchas de estas novelas carecen precisamente de eso: de rigor histórico. Estoy a favor de cambios pequeños en favor de una lectura más amena; pero no de tergiversaciones de la historia o manipulaciones de ella, así como de adaptaciones de la moral o el lenguaje de los personajes a nuestros tiempos. Si leo una novela histórica es para verme trasladada, al menos momentáneamente a una época que no es la mía, en la que la gente no pensaba igual que yo, no tenía la misa escala de valores que yo y conocía cosas que yo ignoro tal como yo conozco cosas aún ignotas para ellos. En muchas ocasiones, los autores de este tipo de novelas moldean la historia conforme a sus intereses, y eso me parece peligroso, porque a pesar de ser una novela -y, por tanto, ficción- puede haber algún lector que crea a pies juntillas que aquel era el ambiente que se respiraba en esos tiempos o incluso que ésa es la historia real de personajes históricos (no sé cuántas novelas se habrán escrito sobre el tema Ana Bolena y la cantidad de gente que piensa que eso que lee es incuestionable).
El caso es que no esperaba gran cosa. Ya había leído otra novela de Falcones,
La catedral del mar, y me había decepcionado. Me pareció una novela oportunista que se alimentaba del éxito obtenido previamente por el best-seller
Los pilares de la tierra, de Ken Follet. Ya sabéis que, desgraciadamente, cuando algo se pone de moda es difícil salir de ello, así salen chorrocientas novelas de vampiros, de construcción de catedrales, eróticas o conspiranoides segñun toque, y estoy segura de que podéis pensar en más de un ejemplo, pero eso es otro tema del que ya hablaremos más adelante. Al grano, no me gustó la opera prima de Falcones porque consideré que se estaba aprovechando de una moda pasajera; y no es que yo sea una integrista anti-comercial, ni mucho menos -disfruté como todo hijo de vecino con las novelas de la saga Harry Potter y me cuesta pensar en libros que cosecharan tanta fama y dinero como ésos-, sino que no encontré una novela inspirada, interesante o entretenida, tan sólo algo que ya había leído pero situado en otro emplazamiento. No leí la segunda obra del autor,
La mano de Fátima, por miedo a una reacción similar, pero ya teniendo el libro en casa y por darle el gusto a mi señora madre de poder comentarlo me doblegué con éste.
Falcones nunca ha escondido que es un escritor comercial, es más, lo enarbola como si de un estandarte se tratara... y me parece bien. Cada cual tiene sus inquietudes y sus cualidades y las suyas son saber vender libros como churros, sabe que no será nunca un Hemingway y lo acepta, no por ello hay que dejar de reconocer sus méritos. Sus novelas las devora mucha gente que habitualmente, por una razón u otra, no lee; y si este hombre consigue con sus novelas que lo hagan me parece estupendo. No será una obra de arte pero es mejor que sentarse en el sofá a ver
Sálvame. Otra cosa es que a mí, personalmente, sus novelas no me llenen o no me atraigan lo suficiente como para seguirlas, bien, también soy libre de no comprarlas o no leerlas si quiero. No obstante, no es aceptable ni de recibo demonizar a un autor por el simple hecho de que sea comercial, hay autores comerciales tremendamente buenos y que derrochan talento; simplemente, es una cuestión de prioridades.
Con respecto a la novela, decir que la ambientación es bastante buena, más de lo que esperaba. Resultó un acierto centrarse en etnias tradicionalmente relegadas al olvido como son los gitanos o los esclavos libertos, otorgándoles protagonismo y un papel sino en LA historia, sí en la historia transcurrida en la novela. Encontramos la descripción de los gitanos como la de un pueblo que ansía la libertad de tiempos pasados, un pueblo trágico que se refugia en el baile y el cante para ahogar sus penas, un pueblo sometido que lucha por liberarse de sus cadenas. Todo eso es lo que lo une con los esclavos libertos, unos desdichados que no conocen más que el trabajo en la plantación tratando de labrar su nueva vida y amparados en sus melancólicos cantos de negros. Fue ésta una de las razones que me impulsó a leer la novela, no en vano mi último trabajo en la universidad versa sobre la esclavitud en Norteamérica, y tengo que decir que he quedado razonablemente satisfecha.
De hecho, si a la ambientación le encuentro pocos defectos a los personajes y a la narración sí. Caridad es una esclava liberta cubana que pasa de ser sumisa y zarandeada por el destino a tomar las propias riendas de su vida impulsada por el amor y cariño recibido por los gitanos, especialmente Milagros y Melchor; es tópico pero funciona, lo que no funciona es el personaje de Milagros. En ella veo un personaje que no es que no sea redondo, es que ni siquiera es plano. Es un personaje que involuciona. De ser una joven alegre, vivaz y fuerte, un personaje que podría haber dado de sí, no encontramos al final con un personaje estancada, que no sabe a donde mirar, que no se entera de lo que ocurre a su alrededor. Me vais a perdonar la expresión, pero es que es más tonta que las piedras. De ser yo Falcones, quizá habría dejado a Caridad como personaje protagonista pero habría cambiado el peso de milagros por darle más importancia a Ana, su madre, o por su abuelo Melchor; que de verdad sí son personajes interesantes, con matices que valdría la pena explorar. Por lo demás, el resto de personajes sólo son motores para que la historia avance, son sólo estereotipos: un malo tan malo que no puede ser más malo y su motivación es únicamente que el mundo le ha hecho así, una mentora gruñona pero sabia... Poca originalidad y poco interés.
En cuanto a la narración comienza bien, con ritmo, atrapando al lector enseguida pero conforme avanza la trama se va haciendo más y más lenta por momentos, hasta resultar carente de gracia y convertirse en un pasatiempo aburrido que te fuerzas a terminar porque ya lo has empezado, para finalmente, remontar en el tramo final pero sin llegar a causar una gran impresión. Demasiado que arreglar en pocas páginas para que la obra deje un buen sabor de boca. Entiendo que esta manera de escribir tan soporífera y predecible es uno de los rasgos de identidad, no sólo de Falcones, sino de toda novela histórica que sigue la estela de la ya antes mencionada
Los pilares de la tierra: presentación de personajes, ocurre una desgracia, se soluciona, ocurre otra desgracia, se soluciona, ocurre otra desgracia y así sucesivamente hasta llegar al clímax de la novela a pocas páginas del final. Habrá a quien le satisfaga esta narración tan cíclica, a mí me tiene soberanamente aburrida, pero para gustos los
cubatas colores.
Para terminar, decir que sólo recomendaría esta novela a aquellos a los que les hayan gustado las anteriores novelas de Falcones u otras similares, pero si buscas algo novedoso no lo vas a encontrar aquí. ¿Y vosotros que pensáis? ¿Algún lector en la sala? Se aceptan comentarios, tomates y todo tipo de hortalizas... eso sí, procurad que no estén muy podridos y no apuntéis a la cara. Nos leemos.